11/11/17

Gralóna


    —Comienza siendo un sueño extraño, terrible y lleno de incertidumbre. Lo tengo cada vez que cierro los ojos, y caigo en las temibles garras de la permitida muerte nocturna, que todo ser humano es obligado a padecer cuando el llamado astro sol se ve obligado a revelar su puesto en el firmamento a la también llamada y caprichosa luna. Lo padezco desde que tengo el más insignificante atisbo de uso de razón, y no ha dejado de atormentarme desde entonces.

—¿Y nunca antes había consultado un psicólogo señor Andrew? —la dulce y armoniosa voz de la señorita Leyla me sobresalta haciendo que abra los ojos.

—Nunca antes se había presentado una oportunidad tan magnifica como esta, señorita Leyla —sonrío y llego a apreciar una disimulada sonrisa, que aflora de sus labios compuestos de una fisonomía claramente occidental del medio oriente.                         


—En ese caso señor Andrew no alarguemos más la espera y cuénteme, ¿qué ocurre en su sueño? —posiciona la pierna izquierda sobre la derecha y fija su delicada mirada en mí.
Cierro los ojos. Quizás después de más de treinta largos años sin contar a nadie mi terrorífico sueño es lo que al fin y al cabo me mantiene con vida. Después de relatar la parte en el que el sueño se convierte en pesadilla estoy seguro de que se volverá completamente loca, y en los días venideros solo una grotesca imagen acudirá a su mente, y poco a poco acabará con ella, igual que ha hecho conmigo. Rezo para que su tormento sea leve y se confiese como en estos instantes estoy haciendo yo, y pueda al fin, morir en paz. En cuanto a mí, moriré padeciendo una demencia claramente progresiva, de la cual no ha hecho más que aflorar. Pero al menos, moriré libre del mal que me acosa.

—Yo lo llamo sueño porque la mayoría de las veces logro despertar antes de que surja la cara de la pesadilla… o debería decir, caras... —mis parpados quieren abrirse, mi lengua quiere decir basta a todo aquello, mi ser quiere levantarse y salir de la consulta a la que nunca debería haber asistido. Pero debo hacerlo, debo dar fin a la pesadilla que surge de los rincones más oscuros de mi mente y acabar de una vez por todas con Gralóna la Tortuga. 

—Relájese señor Andrew. Respire profundamente y cuénteme sin temor alguno aquello que le atormenta. Tómese su tiempo —me tranquiliza.                            

—Sí, para eso he venido —respiro profundamente llenando mis ya cansados pulmones de un aire frío y en gran parte de la fragancia de cereza que desprende Leyla y que abunda en la pequeña estancia en la que nos encontramos, como el aroma de las glicinas que a su vez embellecen con su peculiar forma aún más un bonito parque de las que son parte—. Me encuentro sin lugar a dudas en la habitación de un hotel, tumbado en la cama. Estoy vestido con un pijama de camisa y pantalón color blanco, de él emana un resplandor espectral que llena toda la habitación con una luminosidad pálida que me ciega por completo cada vez que lo miro. Estoy con los pies sobre la almohada y la cabeza donde por sentido común tendrían que ir los pies. Viene a mi mente como un soplo de aire frío de invierno la imagen del número de habitación a pesar de no haberlo visto en la puerta ni en ningún otro lugar conscientemente. Es el noventa y seis… tan solo recordarlo se me ponen los pelos como escarpias sin razón aparente.                     

   »Es entonces cuando me percato de que la cama se está moviendo hacia arriba y abajo en una holgura de unos treinta centímetros en delicados movimientos rítmicos, muy despacio. Pego un salto y bajo de ella, es en ese preciso instante cuando esta deja de subir y bajar y permanece en el suelo, inmóvil, como si nunca hubiese estado elevada a pocos centímetros del suelo, como la cabeza de una mortífera cobra frente a su encantador al son de la música de su Pungi. Noto los latidos de mi corazón palpitando en mis sienes con gran violencia, estoy temblando de frío y me duelen sin excepción todos los huesos y músculos de mí ya demacrado y casi esquelético cuerpo. Es entonces cuando ella me llama: «Andrew, Andrew, ven aquí».

    »Me parece escuchar que la espantosa y chillona voz proviene de debajo de la cama. No tiene sentido, nada tiene sentido. Seguidamente las piernas me flaquean y caigo golpeándome la cabeza y todos los huesos en el frío suelo embaldosado de aquel lugar ya desconocido para mí. El dolor es atroz y no tengo fuerzas siquiera, las piernas no responden a mis insistentes deseos de ponerme en pie. De pronto, mis brazos ayudan a mis manos a arrastrarme en contra de mi propia voluntad en dirección a la cama que parece haber aumentado considerablemente de tamaño, habiendo adquirido a su vez una repugnante e inverosímil forma.

   »Sobre ella, y donde yo yací escasos minutos antes, ahora descansa una niña de unos diez años de edad de gran belleza, está profundamente dormida y mis quejidos parecen no despertarla de su aletargado y eterno sueño. Tiene el cabello corto y extremadamente blanco, su piel, casi del mismo tono parece adoptar un color casi enfermizo a medida que mis brazos y manos me arrastran hacia ella. Grito para despertarla y que se aleje de mí, pues a medida que aquellas garras me arrastran en dirección a la cama, la pequeña va rápida y progresivamente pudriéndose y adquiriendo un estado funesto, como un cadáver ya inhumado y en alto grado de descomposición bajo tierra, siendo engullido por los gusanos y el pasar inevitable de los días.                                                            

   »No tengo éxito con mis exhaustos gritos por despertarla. Cuando ya me encuentro al lado de la cama y junto a ella tan solo queda su horripilante osamenta: de su frente surgen dos pequeños cuernos de chivo y de su desfigurada boca entre abierta deja ver dos colmillos escalofriantemente afilados. Aparto la vista de tal repulsiva criatura y levanto ahora con una esquelética y putrefacta mano derecha en descomposición la negra y deshecha sábana de la cama que cae hasta el suelo, pudiendo tapar lo que quisiese que se ocultase tras ella. Al hacerlo, veo con gran asombro algo completamente inconcebible y fuera del entendimiento y la limitada imaginación de la menta humana: en el mismísimo suelo de la habitación, bajo la cama, hay un gigantesco agujero, más oscuro aún que la mismísima oscuridad. Aquello despierta en mí por primera vez en la vida una curiosidad llena de auténtico terror que va aumentando progresivamente de manera drástica. Me acerco, poco a poco, y es entonces cuando quisiese no haberlo hecho, pues la veo.

   »Está nadando en el inmenso cosmos compuesto de un conjunto de cientos de miles de galaxias y cuatrillones de esqueletos de estrellas ya examines por su destructor paso. Intento no ver cuánto se extiende delante de mí, intento no mirar más, apartar la vista de tal abominable monstruo y tan aterradora y perturbadora imagen, pero mis ojos están fijos en ella y no puedo apartar mi débil mirada. Recuerdo haberla llamado La Devoradora de Galaxias. No recuerdo con exactitud cuándo le puse tal nombre pero sé que era tan solo un niño cuando lo hice, desperté gritando su nombre, llamándola así. Fue en el largo periodo de tiempo que estuve en aquel maldito orfanato del que no hay día que pase del que no me alegre de haberme largado de allí.

—¿Cómo era ella, Gralóna la devoradora de galaxias? —pregunta Leyla. Distingo un indudable tono de temor en su voz.                                                                                  

—No creo que haya palabras adecuadas en todo el vasto universo para describir tal abominación. Era incalculablemente enorme, cientos de miles de galaxias eran insignificantes a su lado. Desprendía una maldad como nunca jamás ha visto la tierra y su sola presencia era sinónimo de crueldad. Tenía el obeso y horrible cuello bermejo estirado y sus ojos parecían que estuviesen teñidos en la mismísima sangre. Su boca llena de cientos de miles de millones de dientes afilados como cuchillos se escondían detrás de lo que parecía una esbozada y demoníaca sonrisa que aleteaba en sus labios. Sé que las tortugas carecen completamente de dientes y sobre todo de labios pero esta es diferente. No es una tortuga.                                                                                            

   »Su caparazón estaba formado por cabezas, una cantidad ingente de cabezas, de hombres, mujeres, niños y niñas, animales terrestres y animales acuáticos, voladores… muchos de los cuales no soy capaz de distinguir pues no los he visto en la vida y datan de cientos de miles de años atrás. Otros solo figuran en las mitologías de los distintos pueblos de la tierra y tan solo deberían ser eso, mitos. Luego veo los monstruos, también junto a todas estas primeras cabezas, tan indescriptibles como la mismísima Gralóna y de los cuales nadie he visto o podido imaginar tal aberración para describirlos, pues algo me dice que su existencia es mucho antes a la del ser humano en la tierra. La inquietante y aterradora diferencia es que estos últimos ayudaban a la aniquilación de las galaxias.
Es entonces cuando escucho por segunda y última vez la repugnante voz de aquel demonio y despierto para no poder volver a dormir el resto de la temida noche.
«Ahora toca tu ridículo mundo Andrew» me dice. Su chillona y vetusta voz resuena una y otra vez en lo más profundo de mi mente, ya enferma por su presencia, fusionándose con los acelerados latidos de mi corazón y la entrecortada y agotada respiración —sonrío débilmente—. Aquí termina la pesadilla que lleva toda la vida persiguiéndome y también muy pronto de tan pobre y desgraciado planeta al que llamamos Tierra.

5 comentarios:

  1. Me gusta como se van desarrollando las dos historias, por una banda esta la vida real y por la otra un mundo lleno de misterio y terror. Casi se puede sentir como dos realidades alternativas están colisionando entre si para unirse en una sola.

    Me ha gustado mucho la historia. ^^

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  2. Una buena historia, con mucho trasfondo, el cual te deja cavilando sobre esta misma un buen rato y preguntándote si después de haber descubierto la confesión que el paciente le tenía que hacer a la psicóloga te hará también a ti correr la misma suerte que al señor Andrew.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. ¡Eso habrá que verlo!

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