8/12/17

Duende después de Navidad


Hoy, por primera vez en mi corta existencia como ser humano en la tierra, dejo personalmente por escrito los sucesos acontecidos aquel día que el destino pareció escoger al azar. Lo recuerdo con una perfecta y borrosa claridad, es por eso, que cada uno de los sucesos allí ocurridos serán plasmados en este papel para evitar que el imparable tiempo y el veloz pasar de los años los devore, y queden en el olvido como una mera leyenda después de mi ya cercana e inevitable muerte.

    En multitud de ocasiones conté lo sucedido a mis ya difuntos padres, ellos, para mi gran angustia, no se apartaron ni por un momento de la creencia de que todo lo que les contaba era fruto de mi pequeña y alocada cabeza, que albergaba sin lugar a dudas una imaginación sin procedentes. Tanto mi madre como mi padre llegaron a ignorarme a lo largo de mi persistente vivencia que revivía una y otra vez a lo largo de todas las horas del día. Es así, como he podido mantener los recuerdos tan vivos y fieles a como realmente sucedieron, sin que ningún punto de la historia sea una invención con resquicios de verdad en ella, por no poder lograr recordar lo que realmente pasó, hice, hizo, dije o dijo. Es así, como contándolo una y otra vez a personas que hicieron oídos sordos y no quisieron escuchar lo que les decía, los recuerdos han podido permanecer en lo más hondo de mi psique a lo largo de todos estos años, perturbablemente indelebles.  
    Era el día 29 de Febrero del año 1960. Un año bisiesto. Por aquel entonces solo era una niña de trece años que vivía con mis padres y mi abuela en una pequeña pero bonita y acogedora casa de dos plantas en un pueblecito tranquilo a las afueras de Madrid. Recuerdo que me encantaba jugar durante todo el día los fines de semana en el pequeño jardín que teníamos, hasta que la puesta de sol daba comienzo y la inminente noche se anunciaba con esta. 
    El día que me encontré con lo desconocido fue ese día, el lunes 29 de febrero del año 1960.
    Regresaba a mi casa caminando después de pasar una divertida tarde en casa de una amiga del colegio. Era en realidad un día triste, húmedo y frío. Recuerdo que iba a paso ligero para no llegar tarde a casa, sorteando los inmensos charcos de aquella vieja carretera de tierra que la pasada noche la tormenta había inundado de agua, haciéndola correr por las pendientes, llevando toda la tierra consigo o estancándola y llenando las depresiones del camino, creando así esos enormes charcos. Había sido un día nublado, con constantes nubes negras como el carbón que rociaba con pequeñas pero heladas e insistentes gotitas aquel pueblo en el que vivía.
    Los árboles —principalmente pinos—, se extendían a un lado y al otro a lo largo del sinuoso camino. Sus frías y húmedas ramas retorcidas y llenas de vida se extendían hacia la negra cúpula de nubes, desafiantes e inexorables. Me gustaban aquellos días oscuros y sin un sol que calentase mi piel, pero por alguna extraña razón me hacía sentir triste y vacía al mismo tiempo, muy triste y vacía.
    No tardé en llegar a casa, pues de una de las casas a la otra se llegaba en apenas unos minutos andando. Enseguida me percaté de que las ventanas del salón y la cocina estaban iluminadas por una tenue y amarillenta luz. «Se habrá ido la luz y han encendido velas» pensé. La casa en la que vivíamos era ya vieja y fallaba con frecuencia la instalación eléctrica. Era bastante frecuente quedarse a oscuras los días en los que llovía más fuerte de lo normal, y más si la lluvia iba acompañada de una tormenta como la que hubo aquella pasada noche. 
    Crucé por el caminito adoquinado del pequeño y húmedo jardín en el que tantos fines de semana había  pasado, subí los tres escalones que estaban frente a la puerta de la casa y, es entonces cuando justo en el instante en el que fui a abrir la puerta, pude escuchar de pronto un fuerte golpe seco. Provino de muy cerca, de una de las esquinas de la casa, la más próxima a mí. Sobresaltada y con gran curiosidad por querer identificar quién o qué había emitido tal golpe alejé la paralizada mano que aún tenía sobre el viejo y estropeado pomo y me encaminé hacia el lugar en el que me pareció escuchar aquel fuerte y conciso golpe.
    Lo que vi y oí aquella tarde de 1960 aún hoy en mi ancianidad me perturba y no me ha dejado pensar con lucidez en muchos momentos de mí ya pasada y cansada vida. A veces el llamado ser humano ve y escucha cosas que no cree que existan, pero que sin duda pueden ser parte de este mundo. 
    Hice esquina y vi toda la pared Este de la casa. Estaba segura, el ruido había provenido de por allí cerca, sin embargo, no vi nada. No vi nada hasta que levanté la mirada y de una de las ventanas del piso superior que servía de cuarto de dormir vi a un niño pequeño, no tendría más de cinco años, estaba de espaldas a mí y en ese mismo instante bajaba por una cuerda que colgaba de la pared de la casa. Aquello indudablemente me sorprendió muchísimo. ¿Cómo un niño tan pequeño era capaz de subir por una cuerda hasta la ventana del piso superior de la casa? ¿Quién era y por qué lo hacía? Estaba muy confusa. Se apoyaba con sus botitas color marrón oscuro sobre la pared y bajó con gran destreza en menos tiempo del que creí suponer. Pareció no haberme visto hasta que sus pequeñas botas tocaron el suelo. Entonces sus desmedidos ojos, difíciles de describir pues estaban compuestos de los colores del arcoíris, se encontraron con los míos, y pude saber que no era un niño. Recuerdo que mi corazón comenzó a latir alocadamente y quise apartar la mirada de aquel pequeño ser de nariz alargada y aguileña y salir corriendo, pero no lo hice.
    —Ho-hola —pude decir casi en un susurro audible. Él sin duda me escucho y se movió ligeramente. Era el primer movimiento que le vi hacer después de bajar por la cuerda y encontrarse conmigo a tan solo cinco metros de distancia. Hasta entonces no habíamos apartado la mirada el uno del otro ni por un momento en los escasos segundos que permanecimos allí, sin mover un solo músculo. Aquellos fugaces segundos se prolongaron y parecieron eternos minutos que se transformaban en horas para dejar paso a los días y finalmente a los años. Me dio la horrible e inquietante impresión de sentir como gran parte de mi vida se me escapaba.
    Lo que más me llamó la atención de aquel extraño hombrecillo fueron aquellos ojos, unos hipnóticos ojos compuestos con todos los colores del arcoíris. Grandiosas ventanas a otro mundo, nunca había visto nada igual, eran hermosos. En el instante en el que fijé mi mirada en ellos, no sentí más aquel miedo que desde un principio pareció paralizarme. Me inspiraban tranquilidad, confianza y un calor muy agradable, una tranquilidad, confianza y calor como nunca antes había sentido. Muy cerca de ellos, a los lados de aquella pequeña y desfigurada cabeza estaban lo que parecían las orejas, estas, parecían crecer dentro de los ojos, retorcidas y puntiagudas hacia los negros nubarrones que amenazaban con dejar caer una fuerte lluvia.
    —Hola, pequeña niña —me dijo con una voz ronca y apagada en un perfecto castellano.
    Avanzó su pequeño cuerpo delgado que no mediría más de un metro de longitud en un decisivo paso al frente al mismo tiempo que yo daba uno hacia atrás. Todo niño recuerda las protectoras palabras de sus padres; «No hables nunca con extraños» En aquel preciso instante las tenía muy presentes. Pero la curiosidad pudo conmigo, una vez más.
    —¿Quién eres? —pregunté tímidamente y algo más confiada bajo el efecto de sus hipnóticos ojos.
    —El recolector —contestó él en un tono orgulloso, justo al instante en el que terminé de formularle la pregunta. Aun hoy, juraría que en las escasas milésimas de segundo que transcurrieron entre que pensé y formulé la pregunta él ya me había contestado, o al menos esa inquietante impresión me dio.
    —¿El recolector? —Repetí sus mismas palabras con grandes dudas—. ¿El recolector de qué?
    —El recolector de las cosas que me pertenecen —aún recuerdo su espantosa y amplia sonrisa carente completamente de dientes y de gracia. Sus palabras sonaron muy por encima de un lejano trueno al mismo tiempo que agarraba con fuerza un saco color verde oscuro que llevaba consigo. Una suave brisa se levantó arrastrando con ella las hojas caídas de los árboles. Ya era casi de noche y las escasas y últimas luces del día llegaban a su fin.
    —¿Tenías cosas que te pertenecían en mi casa? —pregunté inocentemente.
    Otra fría brisa que esta vez se transformó en un helado viento chocó contra mí alborotándome el cabello y metiéndomelo en los ojos, instante seguido tiró el cubo de basura que se encontraba tras de mí. Me giré sobresaltada por el estruendo que hizo. Cuando volví la cabeza de nuevo hacia mi interlocutor, vi para mi gran asombro que aquel menudo y extraño hombre había desaparecido sin dejar rastro alguno.
    Muy afectada por el acontecimiento que acababa de dar lugar en tan pocos minutos, corrí a mi casa, olvidándome por completo de levantar el negro cubo de basura o de recoger su contenido que allí permaneció hasta la ajetreada mañana siguiente.
    —¡Mamá! ¡Tengo que contarte lo que he visto! —Grité entrando en la casa y pegando un fuerte portazo que retumbó en todas las puertas y ventanas.
    —¡Pero bueno! ¿Qué maneras son esas de entrar en casa, hija? —exclamó mi madre muy sorprendida de verme entrar de aquella menara en la vivienda—. Quiero que te limpies los pies antes de entrar y cuelgues tu chubasquero en el recibidor.
    —¡Mamá! ¡He visto a un hombre pequeño detrás de nuestra casa, tenía los ojos de colores y las orejas puntiagudas!
    —¡Oh! Claro que sí —rió enérgicamente mi madre—. Pues dile a tu amiguito que la navidad ya ha pasado y hasta finales de año no hay trabajo. ¡Habla más bajo! Tu abuela ha terminado de cenar hace un rato y debe de estar ya durmiendo.
    —¿No puedo ir a contárselo a la abuela? —dije en un susurro haciendo caso a mi madre.
    —De ningún modo. Se ha hecho muy tarde ya, tu padre está terminando de cenar, y quiero que tú hagas lo mismo después de lavarte las manos a conciencia. Ya le contaras esa historia del hombre pequeño a la abuela mañana por la mañana.
    No me quedó más remedio. Con gran nerviosismo por querer contar a alguien lo que vi aquel día hice caso a mi madre, colgué el chubasquero en el pequeño perchero del recibidor, limpié la suela de mis zapatos embarrados en el felpudo, lave mis manos, cené con mis padres un estupendo guiso de garbanzos y seguidamente me despedí de ellos y me fui a la cama.
    A la mañana siguiente, la noticia que me dieron mis padres me llenó de una pesada tristeza.
    La madre de mí padre, y la que era mi querida abuela había muerto a los noventa años durante aquella fría, tormentosa y extraña noche. Enseguida comprendí que aquel pequeño y extraño hombrecillo que vi y con el que hablé escasos minutos durante el invisible crepúsculo de la pasada tarde, se había llevado algo, algo que como bien me dijo él, le pertenecía.

3 comentarios:

  1. Escritor de Tinta, ¿De verdad escribes primero tus novelas con tinta? y si es así ¿me podrías decir qué clase de tinta usas? :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Stanislav. No, siento comunicarte que antes no escribo mis relatos con tinta. No sé de dónde ha salido tal leyenda. Si es verdad que durante el proceso de alguna de mis historias he utilizado papel y lápiz o incluso el teléfono móvil, pues tengo que retener ideas cuando estas aparecen y no estoy frente al monitor de mi ordenador. Gracias por tu comentario :)

      PD: Tinta china.

      Eliminar
  2. Una forma distinta e interesante de ver a la muerte, (Con forma de duende). Ni me lo imaginé hasta que leí el final. Muy original.

    ResponderEliminar