10/2/18

La Caída de los Yernnals


Levantó su inexpresiva mirada y oteó el imperceptible horizonte. Allí a lo lejos, donde ningún hombre desea ir y muy pocos han podido tan siquiera llegar, se alzaba imponente un enorme y atávico castillo. Se le conocía en las viejas leyendas con el nombre de 'La morada del rey muerto'. El origen de este arcaico e inquietante nombre se remonta a antes de los comienzos de los días oscuros, cuando aún sobre el amplio firmamento yacía la estrella de fuego, la cual los antiguos habitantes terrestres conocieron y llamaron Sol.
    Ahora, el bosque que se encontraba en torno al castillo, el cual fue en un lejano pasado un lugar lleno de vida, se había consumido. De un bosque majestuoso, con colinas y llanuras cercanas en las que era partícipe a su perfección la cantidad más diversa de formas, olores o colores, y en las que el verde era el prominente donde fijases la vista… ya no quedaba nada. Tan solo un desolado, oscuro y apenas visible, gélido paisaje.
    Con todo ello, también desapareció su fauna, los cientos de diferentes tipos de animales que habitaron el bosque desde el inicio de los tiempos. Animales que caminaban por la superficie terrestre, animales que creaban sus madrigueras y vivían bajo tierra, todo tipo de aves que anidaban en las espaciosas y verdes copas de los árboles, que una vez se mecieron al son de los susurros del viento, bajo la claridad de un cielo diurno y nocturno… todo había muerto por la falta de luz y calor que emitió durante cientos de millones de años el llamado y ahora inexistente astro Sol.
    Los árboles, portadores de una minoría de ramas, ya exánimes y sin hoja alguna que tapase su ennegrecida y fría corteza, se extendían hacia el oscuro cielo, como un puñado de dedos temblorosos. Las frecuentes e inexplicables lluvias de ceniza habían hecho que la corteza de todos los árboles, colinas, llanuras y los blancos bloques de la roca caliza con la que estaba construido el castillo se tornara de un color negro, dando así un auténtico y espectral tono gótico a todo el conjunto.

    El hombre de acero entrecerró los ojos, intentando observar algo más de lo que la escasa luz le permitía ver. Vagas formas inciertas de un aterrador castillo es lo que pudo divisar. Su caballo, del mismo color que la negra ceniza y la sucia nieve del suelo esperaba tras él, inquieto. Se encontraba al borde de un abrupto acantilado, de afiladas caras y caída mortal. Su pálido y casi cadavérico rostro estaba perlado de sudor. Se había quitado el pesado y picudo yelmo y continuaba observando la terrorífica silueta de aquel castillo, junto al espectral y escalofriante bosque muerto que lo comprendía.
    Por fin, después de un extenuante viaje escapando de las tierras rojas del norte, pudo pensar con claridad.
    ¿Eran ciertas las leyendas que escuchó de niño de boca de familiares, cronistas y mercaderes? Estas leyendas contaban que los Yernnals, último linaje real conocido, y que habitó el castillo durante décadas, poseían los servicios de un gigantesco dragón, de rutilantes escamas azul océano y aliento de un abrasador fuego rojizo. Mencionado dragón, fue el regalo que les hizo un misterioso y viejo brujo cuando aún permanecía en el huevo. Fue el mismo día del nacimiento de la que sería la reina de aquellas lejanas tierras en un futuro, después de la abdicación o muerte prematura de la por aquel entonces reina de Sutilvo.
    Al principio el regalo del misterioso y viejo brujo agradó a la familia real, pues su belleza y semejanza a un ovalado espejo eran a la par. Transcurrió el tiempo y el bello huevo permaneció en reposo; junto al fuego, en la estancia principal de aquel castillo, como un mero objeto de decoración. El rey, ordenó a su senescal que dejase de hacer las labores que hizo hasta entonces y se preocupase única y exclusivamente en vigilarlo, y que bajo ningún concepto lo perdiese de vista, fuese de día o de noche, hiciese buen o mal tiempo.
    Pasaron los años y un buen día el huevo eclosionó. De él surgió una criatura espantosa y esquelética, de grandes alas, cola y de amarillentas pupilas rasgadas verticalmente, como un abismo sin fin, que todo lo veía.
    Después de múltiples discusiones y suplicaciones con el rey por parte de la pequeña princesa, con el firme propósito de conseguir que la criatura viviese y no fuese arrojada a los famélicos perros de la ciudadela, el rey, convencido por fin para alivio y alegría de su hija, ordenó de nuevo que los primeros largos años del pequeño y antiestético dragón pudiesen transcurrir al otro lado de las anchas murallas del castillo, entre los miembros de la familia real y los habitantes de la ciudadela. Esta orden —como el resto de órdenes dadas desde la aparición del anciano portador del huevo—, la tomó por mera complacencia de la pequeña princesa, pues esta, era la hija predilecta de entre sus tres hermanos. Todos ellos, mayores que ella.                                                   

    Los largos años transcurrieron rápido, como el bravo caudal de un río después de una fuerte lluvia y aquella criatura vivió y creció al otro lado de las murallas del castillo.
    A medida que el tiempo pasaba fue adquiriendo un aspecto completamente diferente a sus primeros días en este mundo. Su frágil y esquelético cuerpo se transformó, y llegó a crecer hasta tener una longitud de cincuenta y un metros, por una envergadura de cuarenta y cinco. Fue robusto, acorazado por completo de grandes escamas semejantes a zafiros de inimaginable belleza y resplandor. Sus alas y cola fueron de igual medida grandes y fuertes, y fue coronado por tres grandes cuernos de rutilante blancor que nacieron de su frente, y fue ágil en los cielos y feroz en la tierra y se habló de él en todo el reino, y muchos reyes vecinos con enemistad con la familia real de los Yernnals, rápidamente nació en ellos el respeto y el buen hacer, y este creció enormemente en ellos por miedo.
    Pero un día su libertad cesó, pues el rey, con gran temor por lo que pudiese hacer aquel monstruo en el futuro a su querida familia, y temiendo el día en el que tomase consciencia de su tamaño y poderío, lo encerró en una enorme y oscura mazmorra que ordenó construir bajo los pesados cimientos del castillo. Allí permanecería encerrado, cincuenta y cinco días y cincuenta y cinco noches.
    Inamovible fue la decisión del rey, pues nadie pudo hacerle cambiar de parecer, ni tan siquiera su ya crecida, casi adulta y única hija.
    Pasado el tiempo anteriormente mencionado, todo ser viviente cobró cara la temerosa decisión del rey, pues cuentan que los dragones, desde su nacimiento hasta su muerte conservan todos y cada uno de los recuerdos de sus largas vidas, tal y como fueron. Estos permanecen en su mente, tanto los buenos como los malos, con sumo lujo de detalles, con la misma firmeza que una roca permanece en el fondo de un profundo lago. Y no olvidan nunca.

    Una fatídica y fría noche de invierno, se escuchó por encima de los mormullos del viento y el agitar incesante de las ramas de los árboles del bosque, una voz gritar con suma desesperación.

    —¡Fuego! ¡El castillo está ardiendo! ¡Dad la alarma, dad la alarma!

    Había escapado. Gran parte de la cara Este del castillo estaba envuelta en gigantescas y sofocantes llamas, de las cuales emergió entre ellas aquella inmensa criatura. Una casi palpable conmoción nació, días después la tragedia se habló, al principio entre las personas de pueblos y ciudades cercanas. No obstante, no tardó en llegar a los rincones más inesperados y a boca de todo el mundo, con la vertiginosa velocidad de un reguero de pólvora. Cada día que pasaba la noticia se acrecentaba más y más, pues el reino de los Yernnals, Sutilvo, había caído por obra de un enorme dragón, y esa no era una noticia usual en los tiempos de paz que corrían. 
    Pocos días transcurrieron hasta que los habitantes de pueblos y grandes ciudades del reino comenzaran a teorizar posibles razones por las que el dragón pudiese haber escapado y atacado a la familia, pero ninguna de ellas ha podido ser demostrada y dada como cierta, pues pocas o ninguna son las personas que estuvieron allí, conocían la historia o vivieron para contarla.

    El gigantesco dragón andaba deprisa, el retumbar que emitían sus enormes patas contra el duro y firme suelo de piedra intimidó a los soldados que se encontraban haciendo guardia en atalayas cercanas, y que acto seguido, nada más verlo, echaron a correr entre gritos y maldiciones con gran temor en busca de un refugio.
    El dragón comenzó a correr por el ancho adarve, rompiendo y arrollando con todo lo que se interpuso en su camino, y en un batir de alas —que se asemejó a un ensordecedor y frío vendaval—, levantó el vuelo. 
    Permaneció sobrevolando la zona del castillo un corto tiempo, antes de volver a dejar caer su pesado cuerpo, esta vez cerca del patio de armas, acompañado de largas y abrasadoras llamaradas que escupía aquí y allá. Muchos fueron los valerosos soldados de la guardia real que intentaron dar muerte al dragón, pero ninguno con éxito. Muchos fueron así mismo los que encontraron la muerte, entre llamas o devorados por cientos de dientes aquella fatídica noche.

    Cuenta la leyenda que el dragón mató a todos y cada uno de los miembros de la familia real de los Yernnals, y muy pocos habitantes pudieron escapar. Y aún, a día de hoy, sigue alimentándose de sus cuerpos.
    Pero dejó a una sola persona con vida, ella fue la princesa, única hija del matrimonio recientemente difunto y por lo tanto heredera del trono de Sutilvo, a la que el viejo y misterioso brujo —que desapareció sin dejar rastro—, obsequió con aquel huevo.
    La leyenda no termina aquí, pues como en muchas otras leyendas, mitos o cuentos similares a este —y de los cuales gran parte están basados en esta leyenda y en sucesos similares que acontecieron en algún momento en el transcurso de la historia—, se dice que la joven y bella princesa espera paciente en la más alta de las torres a ser rescatada de las garras y fauces del dragón. Ella encendería todas y cada una de las numerosísimas lámparas que tendría la estancia y el amplio mirador, para así, desde la más alta y única ventana poder llamar la atención con ayuda de tal brillante resplandor que emitirían las velas. Allí permanecería, rezando, para que algún audaz guerrero, cazador o aventurero apareciese y viese su única y esperanzadora señal de socorro.

    El hombre de acero volvió a pensar. Aquella leyenda ya era popular hacía décadas, antes de que él tan siquiera hubiese sido concebido. Volvió a ponerse el yelmo y bajó la visera. Si la leyenda era cierta, el dragón aún merodearía por los alrededores, pues estas criaturas eran extremadamente longevas. En cuanto a la joven princesa de la que habla la leyenda, habría muerto hacía ya mucho, mucho tiempo. Pues nadie vive eternamente. No iba a poner en peligro su vida, pues él, no creía en leyendas, aun sabiendo que estaba siendo parte de una.
    Pasó el peso de su cuerpo y pesada armadura de la pierna derecha a la izquierda y se dirigió hacía su negra cabalgadura. Montó en esta y la espoleó. El caballo levantó sus dos patas delanteras por un corto tiempo, seguido de un relinchar de liberación y echó a galopar raudo y veloz en dirección opuesta al enorme castillo y bosque que lo comprendía, dejando tras de sí una extensa y sucia nube de nieve y cenizas.

    De haberse quedado unos escasos segundos más con la mirada fija en la tenue silueta del castillo, podría haber visto como arriba, en la torre más alta de cuantas había, aquella legendaria y única gran ventana se iluminaba repentinamente, bajo aquel amplio y negro cielo sin estrellas.

10 comentarios:

  1. Anónimo16/2/18

    Creas escenarios muy interesantes, siempre me quedo con ganas de leer más. Además utilizas un léxico muy rico, ya he aprendido unas cuantas palabras contigo.

    P.D: me alegro de que te gustasen mis dibujos :)

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    1. ¡Muchas gracias por el comentario!

      Los dibujos son impresionantes, sin duda alguna tienes mano para ello. Espero poder seguir disfrutando de ellos mucho más tiempo. ¡Ya tienes un nuevo seguidor incondicional de tu trabajo!

      ¡Gracias! :)

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    2. Anónimo17/2/18

      Será un placer ilustrar tus historias. Para cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde encontrarme :)

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    3. ¡Muchísimas gracias por tu gran ayuda! Una historia ilustrada no es lo mismo :)

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  2. Anónimo1/3/18

    La palabra es épico. Me encanta la ambientación que le has dado. El final es simplemente inesperable.

    ¡Gran trabajo!

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    1. Muchas gracias por el comentario, me alegra mucho que te haya gustado. ¡Un saludo!

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  3. Anónimo29/3/18

    Muy buen relato, francamente me gusto mucho (las cosas son como son), y que la narración sea de un estilo tétrico hace que me guste aún más. Buen trabajo.

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  4. Bonitos dibujos y excelente narración, la parte en la que describes al dragón me gustó mucho y el final es inesperable.

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