10/3/18

Scopaesthesia


 18:14  p. m.

La calle se encontraba desierta, ni una persona, ni tan siquiera un perro la ocupaba a la tardía hora de aquel casi finalizado día. Aún no había anochecido, pero los últimos y débiles rayos de la tenue y rojiza luz del crepúsculo ya se proyectaban en la mayor parte de las sucias baldosas de la ancha acera, establecimientos, viviendas y asfalto de la avenida en la que me encontraba.
    Andaba a paso ligero, tenía todas y cada una de mis extremidades al borde del entumecimiento. Iba vestida con poca ropa para el frío que hacía; unos pantalones de chándal, una camiseta de manga larga con el logotipo de la NASA estampado en el pecho, y encima de esta, una sudadera. El cambio brusco de temperatura había pillado desprevenida a la mayor parte de la población de aquella gran ciudad. Y por lo visto, a mi también. Cuando salí de casa, el hombre del tiempo no había dado ningún pronóstico precipitado en la radio ni en la televisión, eso me extrañó. Me puse la capucha y mantuve una de mis amoratadas manos en ella, para que las rachas del frío viento que soplaba en mi contra no me la echase hacia atrás. 
    Regresaba a mi hogar después de asistir a mis clases particulares de astronomía. Ese día la clase no pudo impartirse en mi casa como normalmente solía ser, pues mi profesora, una mujer simpática y de mediana edad a la que tenía una considerable estima, había sufrido un accidente de tráfico; un mal adelantamiento por parte de un motorista, este pasó casi rozando su coche e hizo que frenase de golpe y fuese a derrapar y estrellarse contra un duro e inamovible muro de contención en obras. Toda la parte del capó quedo irremediablemente destrozado. Por suerte, mi profesora no sufrió graves daños, tan solo una contusión en la rodilla de la pierna derecha y algún que otro feo hematoma. Doy gracias al cielo por que no hubiese sido más grave. En cuanto al motorista… según algunos testigos que presenciaron el terrible e incruento accidente, se fue a la fuga sin tan siquiera mirar atrás.
    Ahora para su movilidad, dependía de un par de muletas que le serían de gran ayuda en sus cortos desplazamiento durante un largo mes.                 
    Quedé en ir a su casa para evitar que hiciese cualquier tipo de esfuerzo, no quedaba demasiado lejos, se encontraba a tan solo unos quince minutos de la mía andando. Así de paso, daba un corto paseo para despejarme antes de comenzar a recibir nueva y valiosa información. Era eso, o renunciar por un mes a mis estimadas clases diarias hasta que se hubiese recuperado del todo. No podía permitírmelo.

 18:19 p. m.

    Muerta de frío, iba todo lo rápido que podía, deseando llegar a casa lo antes posible. Ansiaba ardientemente disfrutar del confort de un techo y de cuatro paredes, y entrar en calor en una temperatura quizá un poco más alta respecto a la que me encontraba actualmente. Entonces prepararía un café bien calentito y cargado, me sentaría en el mullido y cómodo sofá del salón y continuaría la lectura por donde la dejé hacía tan solo poco más de tres horas.
    El libro en el que me sumergía durante mis exiguos momentos de ocio era el volumen seis de una obra coleccionable de nueve, titulada ‘Partes del Espacio’. Fue un regalo de las recientes pasadas navidades de mi tío Alan. Me había hecho mucha ilusión recibirla, pues ya le tenía echado el ojo desde hacía algunos meses y estaba pensando en adquirirla antes de que se agotase, pues era una edición limitada.
    Comenzaré aclarando que quizás la fascinación que aún preservo por el universo a día de hoy, nació en mí la misma tarde que mis padres decidieron llevarme a un observatorio astronómico a la edad de ocho años. No quiero mencionar el nombre de dicho observatorio, por posibles y seguras investigaciones futuras, que considero completamente innecesarias.
    Recuerdo con sumo lujo de detalles el momento exacto en que puse el ojo en el telescopio. Aquella vivencia despertó en mí cientos de dudas que buscarían respuestas a lo largo de toda la vida, e inquietudes que tendrían al pensador más celebre cavilando en ellas todas las noches de su vida, con la mirada fija en el estrellado y claro cielo nocturno. Aún conservo los borrosos e informes recuerdos de mi padre, acalorado por las ingeniosas preguntas sin respuesta relacionadas con el cosmos que le hacía su pequeña e inteligente hija de tan solo ocho años. ¿Cómo olvidarlo?

    A lo largo de la vida, he tenido como la gran mayoría de personas la denominada scopaesthesia o comúnmente conocido como ‘mirada en la nuca’. Repito, casi todo el mundo lo ha tenido alguna vez a lo largo de su vida, la sensación de sentir que estás siendo observado y que no te quitan ojo de encima. Esa sensación de incomodidad, por creer que estás siendo vigilado por alguien o algo cuando crees estar completamente a solas, y que la gran mayoría de las veces, para tu sosiego, hay alguien haciéndolo. Quizá esos momentos en los que nos damos la vuelta y no hay un par de ojos observándonos sea un fallo de nuestra capacidad extrasensorial, que sin duda, estoy segura que poseemos como una de nuestras muchas y dormidas cualidades de la acordada y llamada raza humana. Esa sensación había vuelto a mí. Había vuelto, casi constante y con una intensidad fuera de lo normal. Quizá fuese el cuarto día consecutivo en el que tenía aquella inquietante y desagradable sensación. Era el 12 de enero de 1990. Viernes. Todo comenzó el pasado día 8, lunes.
    Había empezado la semana con ganas. Me había levantado relativamente temprano y desayunado en la cafetería que se encuentra bajo mi casa. Vivía en un primero. Después de desayunar y pasar un rato agradable de conversación con el atareado encargado de aquella acogedora cafetería, me despedí y me dirigí a clase. Ahí comenzó aquella sensación. No sabría decir si ya la tenía de antes y tan solo aumentó su intensidad, y yo, entre quehaceres matutinos y aún medio dormida hasta después del reparador café, no reparé en ella. Pese a todo, la mañana y parte de la tarde fue tranquila.
    De camino a mis clases particulares de astronomía, sobre las tres de la tarde, la gente me miraba raro. La fría y escalofriante sensación de creer estar siendo observada por docenas de ojos, que aún persistía desde la mañana de ese mismo día, me inquietaba cada vez más. La idea de tener que aguantar también las miradas de desconcierto por mi inusual comportamiento de los casuales transeúntes vespertinos con los que me cruzaba frecuentemente, me sacaba de mis casillas del todo. Me giraba a mirar tras de mí cada cinco o diez segundos, acompañada de grandes y enérgicas zancadas. ¿Había alguien de verdad mirándome en todo momento y siguiendo mis pasos? ¿O era todo una paranoia y parte de una mala pasada que me estaba jugando mi cabeza?

    El resto de la semana transcurrió del mismo modo que el primer día; con aquella sensación de creer estar siendo observada en todo momento. Al fin, no tuve más remedio que acostumbrarme: dormir, desayunar, clase, momentos con mis amigos y amigas, ducharme, comer, clases particulares de astronomía… aquí era cuando la sensación se intensificaba extremadamente. Me recorría toda la espina dorsal un escalofrío que permanecía allí por largo tiempo, y a su vez, el vello de mis brazos se erizaba hasta que poco a poco iba volviendo a su normalidad por la ausencia de este.
    Imagínate un enorme y sólido cuarto de cuatro paredes de vidrio de visión unilateral, en el cual en el centro estás tú, sentado en una silla, y al otro lado de los vidrios, cientos, quizás miles de personas mirando a través de él. Puedes pensar dos cosas; primera, que aquellas personas están allí, lo cual nunca lo sabrás, pues no las ves. O segunda; pensar que al otro lado del vidrio no hay nadie, y no te están observando. Pero entonces te asaltará una duda que te volverá a plantearte la primera cuestión ¿Por qué entonces estoy dentro de aquel cuarto diseñado específicamente para observar a la persona que está dentro? Es complicado explicar con palabras la alterada y potente sensación que me colmaba en el momento exacto de comenzar las clases, y que luego desaparecía transcurridas las tres horas, para dejar paso a la ya hablada y común sensación de creer estar siendo observada, a la cual ya estaba insólitamente acostumbrada.

 18:25 p. m.

    Las desmedidas zancadas que daba bajo la tenue y casi extinta luz del crepúsculo no eran suficientes, sentía que algo iba tras de mí, y pronto me alcanzaría.
    Tan solo quedaban cinco minutos para llegar a casa, cinco minutos si seguía aquel mismo ritmo. Estaba completamente sorda a causa del ruido que emitía al caminar, por mi acelerada respiración y los insistentes latidos de mi corazón. Entonces paré de caminar de golpe, para que mi capacidad auditiva no se viese afectada, y así poder comprobar si de verdad alguien o algo iba tras de mí. Estaba segura, ahora no era tan solo aquella sensación, se sumaban ocasionales e imprevisibles sonidos a mis espaldas; sonidos de pisadas distantes y una profunda respiración. En el instante justo en que permanecí inmóvil en la calle, escuché el leve ruido de la verja de la biblioteca tras mis espaldas, a unos cinco metros de distancia. A continuación, reinó el más absoluto de los silencios.

 19:02 p. m.

    Llegué a casa a la hora prevista, subí de dos en dos los escalones de mi apartamento con las llaves de la puerta en la mano, hice un giro rápido de muñeca y la abrí, entré y cerré al instante. «Creo que necesito un psicólogo» pensé por cuarto día consecutivo. 
    Las siguientes horas pasaron muy rápido. En dos ocasiones, cuando miré el pequeño reloj de números romanos que colgada de una de las paredes del salón, me dio la impresión de ver la aguja de los minutos avanzar a una velocidad anormal. En tan solo un segundo había visto con mis propios ojos como pasaban treinta. Lo descolgué, revisé las manecillas y las pilas, pero todo estaba tal como esperaba, en orden. Me di una ducha de agua caliente para volver a despertar mis entumecidos miembros y despejarme un poco, acto seguido fui a estudiar, tenía mucho que hacer. A las nueve y media aproximadamente cené y me dirigí a mi habitación. Estaba agotada.

    De alguna forma, supe que aquellos serían mis últimos momentos en la tierra. Me disponía una noche más a llevar el arduo designio de desvestirme y ponerme el pijama. Supe que en cuanto hubiese metido la cabeza por la camisa y estuviese sacándola por el cuello de la misma, él estaría allí, frente a mi, mirándome con sus ingentes ojos en los que se reflejaba todo el cosmos, y me hablaría. 
    Cuando lo hizo, no utilizó la vía oral para la comunicación, si no la mental, las tres palabras que me trasmitió las escuché con mi propia voz dentro de mi cabeza envuelta en una espectral y enigmática aura fonética. Aún con la cabeza metida por el cuello de mi camisa de pijama, mantuve la calma.

    —Necesitamos tu ayuda…

    Todo se volvió blanco.

6 comentarios:

  1. Anónimo10/3/18

    Me ha gustado. La historia se desarrolla en el transcurso del camino y no te da posibilidad de imaginar como va a termina hasta llegar al final. La verdad es que he tenido alguna que otra vez esa extraña y curiosa sensación nada agradable por cierto.
    Narrativa de 10.

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    1. Creo que todos al menos una vez en nuestra vida hemos tenido dicha sensación.
      ¡Muchas gracias por tu comentario!

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  2. Thomas11/3/18

    Habrá segunda parte? los dibujos son geniales :-)

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    1. Hola Thomas. No, no habrá segunda parte. Es una historia independiente como el resto de las que he publicado hasta el momento.
      ¡Gracias! Los dibujos están todos hechos por @vera_valiente (Instagram). Puedes visitar su perfil pinchando su nombre al pie de la página. ¡Un saludo!

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  3. Me encanta como narras. -3-

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