13/4/18

Ecahgilcek: La historia de una venganza


La espesa y baja niebla marina permanecía inmóvil, como atrapada en una solitaria, remota y lúgubre hondonada. Envolvía por completo aquel solitario barco, que como un meteoro en el vasto firmamento avanzaba sin un visible alto por el amplio y azul Mar Caribe. Era un potente y lento galeón Español de mediados del siglo XVII. Gran parte de su numerosa tripulación estaba de pie sobre la cubierta, armada hasta los dientes. Sabían que el terrible y peligroso momento de venganza que había esperado vehemente durante aquellos largos años su capitán, y que tanto habían perseguido, estaba muy cerca por fin, pese a ello, nunca habían estado más preparados.
Permanecían imperturbables y en silencio. Sus rostros no denotaban ninguna clase de emoción; eran como inexpresivas y uniformes estatuas pétreas bajo las fijas y titilantes estrellas del negro firmamento, ahora imperceptibles por la espesa niebla, que como un intangible y espectral manto blanco las ocultaba por completo.

    Un hombre, conocido y temido en todo el Mar Caribe por los piratas más peligrosos y sanguinarios de aquella época, y al que se le conocía por el nombre de Ecahgilcek, permanecía de pie en la toldilla, con el pulido timón de madera de cedro entre sus gruesos dedos, cubiertos por unos genuinos guantes de fino cuero negro.
Era de constitución alta y delgada, y de rasgos aguileños. Vestía con una negra gabardina, y sobre su cabeza descansaba un tricornio de cuero igualmente negro, sin ningún tipo de adorno. Parecía haber reaccionado con un serio y apenas perceptible movimiento de cabeza al escuchar la palabra ‘capitán’ salida de boca de uno de los oficiales de a bordo, escasos minutos antes del comienzo de esta historia. Esperaba de igual manera paciente, con todos los sentidos alerta. Todos y cada uno de ellos estaba sumido en un silencio de muerte, un silencio sepulcral que solo el leve oleaje chocando contra el sólido casco del navío en movimiento le estaba permitido quebrantar.
                                                                                                                                                      
    Habría bastado la primera sílaba de la palabra fuego para que los dos puentes, ambos equipados con baterías de hasta treinta y cuatro cañones —sumando un total de sesenta y ocho entre los dos—, y otros ocho en la cubierta, abrieran fuego por una o por ambas bandas del navío. El caos y la destrucción de sesenta y ocho cañones del calibre treinta y seis libras, y ocho de veinticuatro se haría pronto visible a ojos de la mayor parte de la tripulación al disiparse la abundante y espesa nube de humo, humo que taparía la limitada visión de los artilleros por pocos pero significativos segundos, segundos que podrían marcar la diferencia entre la victoria o la derrota, la vida o la muerte, las oscuras y desconocidas profundidades marinas o de igual índole, la superficie.
Pero Ecahgilcek no había dicho una palabra aún.
Cada una de las portezuelas de las troneras de las baterías estaba levantada, y de cada una de ellas salía la cabeza de aquellas temidas y a su vez obras maestras de la ingeniería. Es muy probable que ningún miembro de la tripulación supiese cuantos barcos habían hundido aquellos cañones, pues los enfrentamientos en alta mar además de ser extremadamente destructivos y cruentos, sumaban a los escasos supervivientes de estos en una locura indescriptible que los llevaba a una agonizante y segura muerte en pocos días.

    El enorme galeón, con la suave y cálida pero constante brisa a su favor, rompía en su lento trayecto con pavor las escasas olas de la calmada alta mar y la espesa blanca niebla que lo envolvía por completo, impidiendo ver a no más de diez metros de distancia.

    De pronto, aquel silencio que parecía prolongarse por momentos hasta hacerse casi eterno, fue profanado por un grito aterrador. De haber estado junto al órgano que la originó, podría haberse contemplado como, por causa de este, el ahora oculto cielo se partía en dos, dejando ver un amalgama del mas puro terror; entre exhalaciones de purpúreos rayos, un ser abominable, semejante a una tortuga de ojos color sangre y de enorme caparazón formado de incontables cabezas parecía fusionarse en un único ser con el de un conejo, un conejo blanco como espuma de mar y bello como brisa marina. Un único ser de vida y muerte. Combatían el uno contra el otro en una lucha apocalíptica con una brutalidad y fuerza hercúlea, ambos acompañados de una furia y odio indescriptibles. La aterradora imagen permaneció por escasos segundos en los cielos antes de desaparecer por completo. Pero permanecería por siempre en la mente de todo aquel que hubiese osado poner los ojos en ella.

    Nadie supo explicar aquel extraño y horrible acontecimiento, las personas en la cubierta que pusieron los ojos en el cielo y que quedaron conscientes después de su aparición formaron parte de una locura colectiva; los sables chocaron contra sables y el sonido de las descargas de las pistolas inundó la cubierta; el fuego amigo era una realidad. Para cuando se quisieron dar cuenta de la atrocidad de la que estaban formando parte, ya era demasiado tarde. La mayor parte de la tripulación había caído.
Bajo los pies de los pocos y turbados marineros, el húmedo suelo de madera se teñía de un rojo escarlata.

    Mientras aconteció el tumulto, el aterrado vigía permaneció parcialmente sordo, y desde la cofa, sobre el palo mayor donde se encontraba, pudo divisar con dificultad un barco desconocido navegando en la misma dirección que ellos. Se situaba a estribor, a pocos metros del navío. Parecía no haberlos visto, pues no habían abierto fuego. En el instante justo en el que llenó sus pulmones de aquel aire insano para pegar un alarido de vana advertencia divisó otro barco, este se encontraba a babor, en el lado opuesto. Su temor fue en aumento. Habían caído en una trampa.

    La espesa niebla ahora se elevaba en gran medida por encima del palo mayor del navío posibilitando una visión más clara al vigía de todo cuanto se encontraba bajo y en torno a él. Flaqueó, ya nada había que se pudiese hacer. Tenían a un lado y al otro dos navíos de igual o de mayor tamaño.
De pronto lo vio; Ecahgilcek se encontraba junto al timón, tumbado en el suelo boca abajo, parecía moverse. Lentamente se fue levantando, primero con ayuda de una mano, luego de la otra… como averiguando que él le estaba mirando desde la cofa levantó la vista y pudo leer en el desencajado y sudoroso rostro del vigía aquella crítica y horrible situación: Dos barcos, uno a babor, el otro a estribor, ocho cañones en cubierta pero sin artilleros al mando, treinta y cuatro cañones por puente en el mejor de los casos para cada flanco, escasa tripulación, abortar abordaje… resultado final: dos barcos hundidos.

—¡FUEGO!

    Ecahgilcek noto en sus propios huesos como todos y cada uno de los sesenta y ocho cañones que una vez les puso nombre abrían fuego, y las balas impactaban en los cascos de los navíos invasores destruyéndolos… No hubo contraataque por parte del enemigo. Ahora el denso humo de la pólvora de los cañones se elevaba muy por encima de la blanca vela mayor.
El contingente momento de peligro había pasado, pero sin duda, aún no estaban a salvo. Podrían haber sido masacrados en cuestión de segundos por ambos flancos, pero no había sido así. Ellos habían abierto fuego los primeros. Ahora, cada uno de los ocho artilleros al mando por cañón del navío tenían cargados de nuevo los cañones. No hizo falta que su capitán volviera a dar la orden de ataque, las baterías volvieron a descargarse abriendo fuego contra ambos barcos. Velozmente cargaron de nuevo los cañones, no obstante, no abrieron fuego por tercera vez. Permanecieron en silencio.
De pronto, Ecahgilcek que ahora se encontraba de pie junto al timón, calló de rodillas cual pesado era. Entonces de nuevo pudo recordar. Hab…

«El chirriar de la puerta abriéndose llama la atención de ambos y levantan la cabeza»

    —Y Ecahglicer pudo recordar que ya es tarde para estar con barcos de juguete e historias extrañas.
La mujer que acababa de entrar por la puerta con una amplia sonrisa reflejada en su rostro era una mujer rechoncha y parecía con muchas energías.
    —¡No es Ecahglicer tía, si no Ecahgilcek! Siempre lo dices mal… —exclamó el niño que se encontraba tumbado en la cama tapado hasta el cuello con una gruesa manta color oliva. Sentado junto a él se encontraba un hombre de mediana edad con gruesas y redondas lentes. Sus manos sujetaban un pequeño barco de tres mástiles vestidos con blancas velas, setenta y seis cañones y un duro casco. El barco era de madera y estaba construido desde el esmero y la dedicación, provisto de grandes detalles, y llegando casi a ser perfecto e igual al modelo original en el que se había basado su dotado y viejo ebanista.
No había ninguno igual.
    —De acuerdo, Ecahgilcek —contestó la mujer apresuradamente sin dejar de sonreír.
    —Ella tiene razón, es tarde y debes de dormir —añadió el hombre levantándose de la cama y dejando el barco sobre la mesita de noche. Ambos se despidieron dándole un cariñoso beso en la frente y él apagó la ya casi consumida vela.
    —Tío… —llamo el niño desde la cama antes de que este hubiese salido de la habitación. Su silueta se recortaba gracias a la fuerte refulgencia a sus espaldas procedente del pasillo.
    —¿Sí? —contestó él abriendo levemente un poco más la puerta en el momento que iba a cerrarla y marcharse—. ¿Qué sucede?
    —¿Qué pasó con Ecahgilcek? ¿Por qué calló de rodillas en una aparente rendición si su barco había disparado primero los cañones y parecía haber ganado? No lo entiendo.
    —Si… “Entonces de nuevo Ecahgilcek pudo recordar”. Había sido engañado por la perversa criatura que se dejó ver en los cielos, al igual que toda su ya occisa y casi completa tripulación. No había disparado los cañones a los barcos que él pensaba que disparaba. Había abierto fuego a su propia flota de barcos, dos barcos que habían salido de puerto venezolano bajo la misma bandera y propósito junto a un tercero que él comandaba. Nada fue igual desde entonces.

2 comentarios:

  1. Sin duda alguna, Gralóna mola mucho :)

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  2. No importa en qué tiempo, ni dónde estés, Gralóna siempre te alcanzará para condenarte a su locura. Interesante narrativa, espero que tenga continuación y podamos conocer un poco más a la devoradora de galaxias.

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