21/5/18

Seshat


Esta historia transcurrió en una gran ciudad al norte de Egipto, en la cálida tierra de los faraones, sí, en una ciudad situada en la zona más occidental del delta del río Nilo, el segundo río más largo del mundo después del impresionante Amazonas.
Alejandría tenía ya por aquel entonces de nombre aquella ciudad, y su majestuosidad era y sigue siendo igual o superior al resto de las grandes ciudades de la tierra de Egipto. Allí se encontraba la gran biblioteca de Alejandría, una biblioteca que albergaba cientos de miles de manuscritos de muy variadas culturas. La biblioteca estaba prevista de diez estancias, cada una de ellas dedicada al estudio e investigación de una disciplina diferente. Anexa a esta se encontraba un bello complejo de edificios: una cómoda y extensa sala de reuniones, un zoológico de dimensiones considerables con algunas singulares especies animales de las lejanas tierras de oriente, unos tranquilos jardines en los que por su numerosa y variada flora el aire permanecía impregnado de un agradable aroma, y finalmente, un laboratorio. Es muy probable que este maravilloso conjunto de construcciones acogiese un importante número de edificios más, dedicadas al estudio y al trabajo ininterrumpido de las personas que los solían frecuentar. Pero hoy día, después de la gran catástrofe y del prolongado transcurrir de los años quedan muy pocos vestigios de la grandeza de la que una vez fue.
En la antigüedad, fue conocida por todos por ser la biblioteca más grande e importante del mundo, siendo frecuentemente visitada por grandes intelectuales de la época, que al oír hablar de esta, partían por largos caminos hasta quedar frente a ella y poder contemplarla con sus propios ojos. Muchos llegaban en busca de nuevos conocimientos y muchos eran los que finalmente se quedaban.
Un gran número de poetas y filósofos recorrían a diario los anchos pasillos de estanterías repletas de manuscritos; pergaminos y en menor cantidad papiros que generalmente estaban enrollados y amontonados. Con ellos llenaban su ignorancia de saber, y dedicaban gran parte de su tiempo a su conservación para que estos mantuvieran una útil, larga y futura vida.
Todo buque mercante que llegaba a los ajetreados puertos de Alejandría era inspeccionado por la guardia de la ciudad. Buscaban en ellos cualquier manuscrito que pudiese haber, y era confiscado de inmediato. Todos y cada uno de ellos era llevado a los amanuenses, estos, hacían una copia que era guardada posteriormente en la sección que le correspondía en la gran biblioteca. Los manuscritos confiscados eran generalmente devueltos en el menor tiempo posible a su propietario. Las copias de todos estos manuscritos tenían un alto valor, igual o mayor al original, pues al ser transcritos, muchas veces las obras eran notablemente corregidas y pasadas a un material de escritura menos deteriorado, liviano o duradero.

    En el delta del río Nilo, en un pequeño pueblo costero del mar mediterráneo, a pocos kilómetros de la ciudad de Alejandría, es donde comienza nuestra historia. En este pueblo, de brisa salobre y gente sencilla nació y creció Akila, una niña de cabello pelirrojo, ojos azul océano y de serio rostro. Inquieta de nacimiento, no tardó en mostrar un interés extraordinario por todo aquello que le rodeaba y sus hermosos ojos maquillados con Kohl veían.
Su padre, dedicado a la elaboración de papiros en las fértiles tierras del delta del Nilo, a partir de la planta del mismo nombre, viajaba una vez al mes con Akila a la ciudad de Alejandría. Una carreta tirada por una pareja de asnos cargada de papiros y grano partía antes que naciesen los primeros rayos del sol. Al llegar a Alejandría, a altas horas de la tarde, aguardaban largos minutos de espera a las puertas de la gran biblioteca, hasta que las personas al cargo, normalmente algún redactor, o más comúnmente conocidos como bibliotecarios principales les pudiesen atender. Después de descargar el material y un intercambio rápido de palabras, allí dejaban a los amanuenses el cargamento listo para su uso. Seguidamente se dirigían al bullicioso mercado de la ciudad, situado en el corazón de Alejandría. Allí pasaban gran parte del día reabasteciéndose de provisiones.

    Akila, junto al gran número de plantas de papiro de su padre también tenía su propia y pequeña plantación, aunque esto estaba mal visto a ojos de su madre. La elaboración del papiro era sencilla, pero requería el transcurso de un cuantioso número de días: una vez el tallo de la planta de papiro tenía un grosor considerable, se sumergía y mantenía en el agua durante algo más de una semana. Pasado ese tiempo, cortaban el tallo en finas tiras y las prensaban con un rodillo, de esta forma eliminaban una pequeña parte de la savia, agua y demás sustancias liquidas de la planta. Más tarde, las finas tiras las ponían horizontal y verticalmente y las volvían a prensar, de esta forma, la savia de la propia planta actuaba como adhesivo. Finalmente, con un trozo de marfil frotaban la superficie del papiro. Esta labor es la que llevaba a cabo padre e hija, aunque ella en menor cantidad. Una parte de los papiros que conseguía sacar de su particular plantación los utilizaba para ejercer el arte del papiro, lo que conocemos hoy día comúnmente como papiroflexia u origami.
Doblando convenientemente el papiro Akila creaba cientos de figuras geométricas, de seres y objetos. Siempre que viajaban a Alejandría, transportaba todas estas figuras de papiro en un pequeño carrito hecho de madera de acacia, de una única rueda, y en un bolso que iba a la altura de su cadera derecha.
Las figuras geométricas, formas humanas, animales y objetos las intercambiaba en el gran mercado de Alejandría por pequeñas porciones de especias. El intercambio lo llevaba a cabo con un mercader buen amigo de la familia de nombre Jabari al que conocían sus padres. De esta forma ayudaba a la familia de forma económicamente considerable.

    Un día nefasto despuntó temprano para los alejandrinos, poco tiempo después de que Akila y su padre visitaran la biblioteca y la ciudad de Alejandría por última vez. Una fatídica noticia corría como las aguas del río Nilo en toda la tierra de Egipto, y no tardaría en llegar mucho más lejos, a otros continentes, ciudades y pueblos: la gran biblioteca de Alejandría había sido destruida y reducida a cenizas aquella misma noche. Al amanecer, los primeros rayos del alba iluminaron las mortecinas llamas que aún continuaban quemando los escasos manuscritos. Estos permanecían esparcidos en un suelo de cenizas, bajo los escombros de la famosa institución.
Los habitantes, vecinos a la gran biblioteca, despertaron durante la noche envueltos en una luz rojiza que se filtraba por las rendijas y ventanas de sus humildes viviendas. A sus ojos, unos barcos fantasmales disparaban proyectiles de fuego. La voz de alarma ya estaba en el aire. El intento de cientos de hombres y mujeres por debilitar y finalmente apagar el fuego fue en vano. Más de tres cuartas partes de los setecientos mil manuscritos que contenía la biblioteca no pudieron ser salvados del fatal incendio. El mayor centro de saber de la humanidad había desaparecido en tan solo una noche.

    La trágica noticia fue recibida con lágrimas en los ojos por el padre de Akila. No pudieron creer que aquello hubiese podido pasar. Tenía que ser un error. ¿Quién había hecho tal atrocidad? ¿Qué motivo había para destruir la biblioteca más grande del mundo, en la que tantos años había trabajado para ella? No podían creerlo, ni él, ni su esposa e hija. Nadie.
Viendo Akila que la huella de aflicción en su padre no se ausentaba con el pasar de los días decidió hablar con él. Una noche cualquiera, de brisa agradable y cielo estrellado, Akila, sentada a la mesa a la hora de la cena junto a sus padres, comenzó animándoles. Les contó que no todo estaba perdido, pues una gran cantidad de manuscritos confiscados por la guardia aún permanecían en los almacenes ubicados cerca del puerto, a la espera de ser copiados y clasificados en la ahora inexistente biblioteca. Cuando le pareció ver un atisbo de sonrisa en el rostro de su progenitor decidió contar el secreto. Un secreto que tan solo ella conocía y que cambiaría su vida para siempre.

    «A sus tan solo nueve años de edad recién cumplidos, viajó por primera vez a Alejandría con su padre. Quedó maravillada por su gente, edificios, puerto… pero lo que más le impresionó fue la biblioteca y cada uno de los edificios construidos en torno a ella. Su abuelo, escriba ya retirado del noble oficio y progenitor del padre de Akila —el cual no siguió sus mismos pasos muy a su pesar, dedicándose a la producción del papiro— se enteró pronto del interés que mostraba su pequeña nieta por la literatura. Decidido a enseñar todo lo que sabía a alguien de la familia antes de su muerte, viajaba tres veces por semana a casa de su hijo. Este, molesto por creer que no era adecuada la doble educación que llevaba su hija, discutió al principio con él, pero pronto fue convencido, finalizando así las discusiones. Leer y escribir en los tres tipos de escritura, demótica, hierática y jeroglífica, matemáticas o astronomía son solo cuatro de las muchas cosas que aprendió Akila. Pronto dejó el óstracon y comenzó a escribir en papiro. A su vez, su madre le instruía en el canto, la danza y en el arte de tocar el arpa. Chisise, que así se llamaba su abuelo, un hombre anciano de larga barba blanca y de gran sabiduría no tardó en ver los rápidos progresos en su nieta. Tres veces por semana iba a su casa a darle clase, después de estas, dejaba ejercicios y una serie de cuentos infantiles en diferentes tipos de escritura para que la joven practicase la lectura. Apasionada, Akila terminó leyendo todos los manuscritos que traía Chisise por segunda vez al no tener ya nuevos ejemplares. Por las noches pensaba en las bibliotecas y se preguntaba si todas serían tan grandes y magníficas como la de Alejandría. Los textos parecían no acabarse nunca, una expansión mayor de manuscritos ocupaban nuevas zonas de la biblioteca en cada visita. Siempre estaba en crecimiento y en su máximo apogeo.
A sus diez años de edad, Akila comenzó a ayudar a su padre en el cuidado y mantenimiento de la planta del papiro. En tan solo cinco meses ya tenía su propia plantación contigua a la de él. Al mes, ya era toda una experta en la creación de numerosas figuras con el papiro, sin necesidad de mirar los pasos a seguir para su creación que figuraban en un viejo pergamino junto a una serie de dibujos.

    Un total de dieciocho veces había viajado Akila a Alejandría desde su primera vez. Dieciocho veces había cruzado los altos y hermosos pilares de la gran puerta de la biblioteca que delimitaba dos espacios completamente diferentes: el de la ignorancia y el del saber. Dieciocho veces había podido observar y posteriormente estudiar todos y cada uno de los movimientos que se efectuaban dentro y fuera del gran lugar. Pero no fueron dieciocho veces las que con ingenio consiguió substraer  más de tres mil trescientos manuscritos.
Durante los largos minutos de espera en la entrada de la biblioteca  junto a su padre, Akila dejaba su pequeño carrito lleno de figuras de papiro y se perdía junto con su bolso en aquel mar de conocimiento. Al ver a una niña en un lugar como aquel, las primeras visitas efectuadas por esta levantaron asombro en los poetas, filósofos y estudiantes. Meses más tarde ya no se sorprendían tanto y se acercaban a ella a entablar animadas y breves conversaciones en susurros. Muchas preguntas recibía por parte de estas personas y ella contestaba, contestaba pero nunca formuló pregunta alguna, pues ella, ya sabía todo sobre ellos.
Cuando nadie miraba cogía los manuscritos deseados, y estos, si no eran un rollo extremadamente largo que superase las dos cuartas, comenzaba a doblarlos convenientemente por diferentes puntos, en menos de un minuto obtenía toda una variada serie de figuras. El bolso, parcialmente vacío iba llenándose poco a poco a lo largo de aquellos espaciosos y largos pasillos. Más de cincuenta manuscritos, en su mayoría de literatura del periodo griego y helenístico iban cayendo al fondo de aquel bolso en un sinfín de diversas y complejas formas. El movimiento esporádico del bolso hacía el resto: mezclarlas todas entre si. Cuando terminaba, pasados los treinta minutos aproximadamente, se echaba el bolso al hombro y llevaba a cabo la salida de la misma forma que había entrado. Cuando la voz de su padre surgía para anunciar que se tenían que marchar, con una disimulada y pícara sonrisa reflejada en su rostro, abandonaba la biblioteca despidiéndose de las casuales personas que se encontraba al paso. Nadie llego tan siquiera a poder imaginar por un momento los propósitos de aquella niña en sus sesenta y seis visitas a la biblioteca.

6 comentarios:

  1. Anónimo22/5/18

    Hostia que bueno, vaya final... me ha dejado flipada.

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  2. Guau, es realmente increíble el final, no llegue a pensar ni por un momento que acabaría así :D
    ¡Gran trabajo Escritor de tinta! :)

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    1. Un final inesperado, sí. Muchas gracias por el comentario Stanislav :)

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  3. Mener22/5/18

    Amo a Akila

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  4. Anónimo25/5/18

    Había sido Akila un mero instrumento de la diosa Seshat para salvar esa pequeña pero importante cantidad de manuscritos? que dicen sus padres al final? que pasa después? Quiero una segunda parteee!! D:

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    1. En algunas de mis narrativas el desenlace de la misma se la dejo al lector. Es él realmente el que piensa y escoge un final u otro. Así que no creo que escriba una segunda parte.

      ¡Muchísimas gracias por tu comentario!

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