30/6/18

Ataúd de Guerrero



Creí despertar sobresaltado a una hora imprecisa de la madrugada. No pude volver a conciliar el sueño, un sueño que quizás en realidad nunca tuve. Desvelado por las afiladas garras de una pesadilla de grotesco rostro, ahora volvía a sentir de nuevo su lóbrega y vacía presencia. La pesadilla que era eterna, la pesadilla que siempre estuvo allí, emergió de la capa más profunda de mi mente cuando creí estar durmiendo de nuevo.
    Me incorporé. Todo permanecía en la más absoluta oscuridad. Pisé el frío suelo empedrado, y tomando como referencia para no perderme las afiladas esquinas de los escasos muebles, pude llegar con el tacto a la única ventana que poseía aquella reducida estancia. Descorrí las gruesas cortinas apolilladas y la abrí. Frente a mí, una cadavérica luna permanecía en el oscuro y terrible cielo nocturno. Un débil y fantasmagórico resplandor bañaban la desolada calle. De pronto, para mi asombro, a pocos metros de distancia de donde me encontraba, seis sombrías figuras de forma humanoide y de alta estatura aparecieron en una de las estrechas calles. Iban en grupo y llevaban consigo algo a la altura de sus hombros que no logré distinguir; pronto saldría de dudas. Con una creciente curiosidad, ahora difícil de describir tras un suceder del tiempo tan prolongado a los sucesos acontecidos, me deslicé sin el menor temor en la oscuridad con la soltura de un ser nocturno hasta la puerta principal. 
    Una cálida brisa me golpeó al abrir. Cerrando tras de mi la deteriorada puerta con cuidado y sin hacer ruido seguí en la oprimente oscuridad a aquel extraño grupo.
    Agazapado tras una esquina de una callejuela próxima a la que se encontraban pude verlos con mejor claridad. Eran seis, como vi desde mi ventana y supe desde un principio. Cada uno de ellos vestía con una extraña túnica color negra que colgaba hasta el suelo y arrastraban. Sus rostros, bajo una alta y puntiaguda capucha se mantenían ocultos en las sombras.
    Avanzaban con un andar lento y pausado. Con una mano, elevado sobre sus hombros, pude ver al fin con algo más de claridad, a pesar de la escasa luz, que sostenían un rudimentario ataúd, con la otra, cada uno de ellos transportaba una lámpara de carburo. Los grandes reflectores parabólicos de las lámparas alumbraban en conjunto un largo tramo del estrecho camino, que recorrido por aquel andar sin vida no tardarían mucho tiempo en abandonar.
    El rancio y súbito tañer de una campana me sobresaltó sumergiéndome por completo en un profundo y oscuro mar de sensaciones inefables. Al levantar la vista, creí ver en lo alto de la viejísima y leucofea torre de la iglesia, recortada por el débil resplandor de la luna, una inmóvil y voluminosa silueta. En tan solo un abrir y cerrar de ojos había desaparecido. Sin darle mayor importancia y sabiendo que quizás las largas y terribles sombras nocturnas que dominaban aquella noche me habían jugado una mala pasada, reanudé mi marcha en la oscuridad tras aquella extraña procesión.
    En pocos y fugaces minutos y escasos y temibles pasos no tardé en salir de aquel pueblo. A medida que fui avanzando, ante mí surgió una extensa y oscura llanura, toda ella repleta por cientos de túmulos. Túmulos de un origen y época remota que desconozco. Los había visto antes, ya permanecían a las afueras de aquel maldito pueblo antes aun de su triste existencia. Nadie, a excepción del tiempo, conoce qué antiguos y temibles guerreros descansan eternamente allí.
    Pude escuchar el chasquido de la madera podrida cuando el extraño grupo se detuvo frente a uno de los túmulos más próximos y dejaron el ataúd en aquel suelo de negra y húmeda hierba. Contuve la respiración. Creí por un momento que me hubiesen podido escuchar. Temía que comenzarán una búsqueda y no tuviese muchas probabilidades de escapar. Pero no fue así. Uno tras otro fueron desapareciendo tras un cercano peñasco. Cuando hubo desaparecido todos y cada uno de aquellos individuos me puse en pie y caminé.
    No sabría explicar que me impulsó a hacer lo que hice a continuación, pero salí de mi escondite quedando completamente al descubierto. Con cada paso dado el ataúd estaba cada vez más cerca. Cuando estuve frente a él, hinqué las rodillas en la tierra y con manos temblorosas quité el cerrojo en forma de gancho que tenía frente a mí. Sin gran esfuerzo abrí el ataúd. Dentro había una fina y blanca sábana que tapaba el rostro y parte del cuerpo del difunto. Con nervios trémulos acerqué lentamente una de mis manos a la tela que parecía refulgir bajo el resplandor de aquella luna. Sin pensarlo la retiré con un veloz movimiento dejando los marcados rasgos de aquella cara al descubierto. Pocos segundos después caí inerte.
    Lo que vi hizo de alguna forma que muriese por segunda vez aquella noche: mi cuerpo bajo aquella fina sábana blanca permanecía sin vida. Cuando destapé el rostro, él abrió los ojos y yo caí.



    Un guerrero es aquel que mira de frente a su enemigo y aún después de la muerte se levanta victorioso.

8 comentarios:

  1. Buena narrativa. Me gustó el toque siniestro que tiene desde el principio.

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    1. Como la vida misma. ¡Muchas gracias Sharlot!

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  2. ¡La última frase es increíble Escritor de tinta! :)

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  3. Anónimo22/7/18

    Quizás la narrativa más breve de las que tienes publicadas, pero sin duda, una de las mejores. Enhorabuena.

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  4. Me encanta este relato! me recuerda mucho a alguna de las leyendas existentes en Ecuador acerca de una extraña procesión nocturna y su trasfondo macabro ^_^

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    1. ¡Muchas gracias Juan! Me alegra mucho que te haya gustado. ¡Un saludo!

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