28/10/18

Sin defensas



Aquella mañana, la pequeña Susie de casi ocho años de edad abrió los ojos y despertó de un largo y reparador sueño; como suele suceder todas las mañanas cuando aún somos un niño. A su mente acudió férreo y fugaz el mismo deseo con el que se había acostado y levantado en el transcurrir ya de seis largas semanas. Hacía cerca de dos meses que la pequeña le pedía con incansable insistencia a sus padres comprar un perrito. Ella lo había visto en la tienda de animales, en una de aquellas jaulas, intentando sacar la cabecita blanca y peluda por aquellos burlones y duros barrotes; una cabecita que hubiese sido completamente blanca como la nieve si no fuese por aquella manchita negra que la coronaba. Esto lo hacía distinto a todos los demás perros del lugar.