28/10/18

Sin defensas



Aquella mañana, la pequeña Susie de casi ocho años de edad abrió los ojos y despertó de un largo y reparador sueño; como suele suceder todas las mañanas cuando aún somos un niño. A su mente acudió férreo y fugaz el mismo deseo con el que se había acostado y levantado en el transcurrir ya de seis largas semanas. Hacía cerca de dos meses que la pequeña le pedía con incansable insistencia a sus padres comprar un perrito. Ella lo había visto en la tienda de animales, en una de aquellas jaulas, intentando sacar la cabecita blanca y peluda por aquellos burlones y duros barrotes; una cabecita que hubiese sido completamente blanca como la nieve si no fuese por aquella manchita negra que la coronaba. Esto lo hacía distinto a todos los demás perros del lugar.
    Hacía también cerca de dos meses, una de sus amigas del colegio, le había contado que sus padres, como regalo anticipado de cumpleaños, le habían comprado en aquella misma tienda de animales, uno de aquellos pequeños perritos. Susie la envidiaba. Ella también quería uno. Pero la familia Davies no podía permitirse un regalo como aquel.

    —Susie cariño, comprar un perro conlleva muchas responsabilidades y no tienes edad suficiente para llevar a cabo muchas de ellas. Además, tenemos a Coc. —solía decir su madre con la misma insistencia que la niña.
    Cognaco o Coc, como más se le conocía en casa de los Davies, era un enorme gatazo pardo, con uñas excesivamente afiladas y cara de muy pocos amigos. A Susie no le gustaba nada aquel gato.

    —Mamá, Coc se pasa todo el día en casa y no se rasca las uñas nunca, las tiene muy afiladas. Además, se sube todo el rato encima de las mesas y muebles y tira todo al suelo.
    Susie tenía las cosas claras. Pero sus padres no parecían dar el brazo a torcer. Ellos sabían que comprar un perro les iba a acarrear más problemas de los que ya tenían con aquel gato, y no podían permitirlo.

    —¡¿Una rata?! —exclamó Susie no acabando de creer lo que acababa de escuchar de boca de su madre una mañana de camino al colegio.

    —Un hámster no es una rata Susie. Además, podríamos hacerle una jaula lo suficientemente grande para que no tenga que salir… —contestó lento y calculador su padre al ver que su esposa se mantenía en silencio, a su vez barajaba la posibilidad y el peligro de tener un hámster junto a un gato en la misma vivienda. Iba distraído, conduciendo el coche por la avenida principal, a punto de detenerse y permanecer parado por un corto periodo de tiempo dadas las adversas circunstancias circulación.
    No, la idea no pareció gustarle nada a Susie. Y no habría nada que la hiciese cambiar de opinión. Ni pájaros, ni peces ni conejos… ella quería un perro. Porque por aquel entonces, era lo que conocía.

    Una mañana, un frío y húmedo día de Octubre, Susie bajó al piso inferior a desayunar. Era sábado, por lo que no tenía que ir al colegio. Eso la animó un poco más. Pedir con tanta insistencia a sus padres que comprasen aquel perrito agotaba mucho. ¡Pero esto no tenían que saberlo ellos! Debía parecer que era activa e inagotable. Algo que tampoco estaba tan lejos de la realidad. 
    Estos aún no se habían levantado, permanecían en su cuarto, con la puerta firmemente cerrada. También las cortinas del salón estaban echadas, sin dejar que una pizca de luz entrase por ellas.
    En aquella semioscuridad, y desde su habitual ángulo visual junto a las escaleras del piso superior, Susie pudo advertir que aquella estancia no terminaba de cuadrarle. Había algo, algo como una silla, mesa u objeto cambiado de sitio… Todavía algo adormilada paseó la vista por la estancia hasta que reparó en ello; una caja permanecía sobre la mesa del comedor. Una caja de pequeñas dimensiones que la noche pasada no había estado allí.
    Sin quitarle un ojo de encima, Susie se dirigió a su derecha, hacia la ventana más cercana a ella y la abrió. La débil luz matutina penetró por esta, acompañada de una agradable brisa otoñal. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal haciendo que se estremeciese. Frotando sus pequeñas manos para entrar en calor, Susie se acercó a la mesa. Ahora parecía otra, había adquirido unos colores completamente diferentes junto a las cosas que estaban sobre ella. Pudo ver que la pequeña y enigmática caja era en realidad de un color verde oscuro, sin ningún tipo de adorno, pegatina o etiqueta. Se moría de curiosidad por saber que había dentro. De pronto se acordó de aquel dicho que decía tantas veces su madre; «La curiosidad mató al gato». ¿Debía llamar entonces a Coc para que abriese la caja? No, en caso de que fuese algo peligroso, hacer aquello sería un acto muy malvado, más malvado aun de lo que solía ser ya de por si aquel obeso gato.
    Extendió las dos manos y cogió la caja, arrastrándola hacia si por la mesa, con cuidado, mucho cuidado. La miró fijamente. «Podría estar dentro aquella rata de la que me hablaron» —Pensó—. «En ese caso se la daré de desayunar a Coc. Seguro que se pone contento».
    Susie retiró la tapa y se asomó para ver el interior. No podía creerlo. Aquello era… ¿un cactus? Sí, era un cactus, no mayor que una pelota de golf, y como no, repleto de pinchos. ¿Quién había dejado una caja de cartón con un cactus dentro? Indiferente tapó la caja y la apartó de si, dejándola exactamente en el mismo sitio en donde se la había encontrado. Decepcionada se sentó a leer en el sofá, a la espera de que despertasen sus padres.
    Despertaron poco después. Primero hizo su aparición su padre, sonriente. Luego su madre, de igual forma. Por ellos supo que aquella caja, junto con lo que contenía en su interior era un regalo, un regalo para ella. Y bajo su opinión uno de los peores regalos, si no el peor, que había recibido a lo largo de toda su corta vida.
    ¿A quién se le ocurría regalar un cactus como mascota? ¿Una fea planta llena de pinchos? ¿De verdad pretendían sus padres que aquella cosa reemplazase al blanco y adorable perrito que llevaba pidiendo hacía ya semanas? No podía creerlo, pero así era.
    Los dos siguientes días Susie estuvo muy enfadada con todo el mundo; con sus padres, sus vecinos, sus amigos… y sobre todo con aquel cactus. Intentó prestarle la menos atención posible durante las largas horas que permaneció dentro de casa. Intentó no dirigirle tan siquiera la mirada, pero le resultó muy difícil, pues este había sido colocado por su madre justo en el centro de la misma mesa en la que lo vio por primera vez. Era injusto. A sus ojos, era todo injusto.
    Ahora pensaba que quizás no hubiese estado tan mal un hámster… un pájaro o un pez de colores. Pero no, no tenía nada de eso, solo tenía un cactus. Si hubiese sabido lo que iban a regalarle podría haber aprovechado las oportunidades que le dieron sus padres. Ahora ya era demasiado tarde.

    Una noche, Susie despertó sin motivo aparente. Se había cansado de estar enfadada y de compartir la misma mala cara que Coc. De nada servía estar crónicamente exasperada y lamentarse por no haber escogido otra mascota. Se acordó de que aquel cactus al que tanto detestaba no había recibido agua en casi tres días. Aquello la inquietó y sintió algo de pena por él. ¿Y si se moría de sed? Se puso las zapatillas de estar en casa y bajo al piso inferior con un claro propósito en mente. Con cuidado llenó un vaso de agua en la cocina, para posteriormente verterlo en la planta, con tan mala suerte que al hacerlo se pinchó el dedo índice. Pegó un grito, retiró bruscamente la mano y el vaso fue a caer al suelo; este se rompió en mil pedazos. Con el dedo índice aún en la boca y los ojos muy abiertos se apresuró a contar a sus padres lo sucedido. Estos la tranquilizaron, no había pasado nada, tan solo un vaso roto. Terminaron de regar el cactus y la acompañaron a su cuarto. No había de que preocuparse.
    Una vez en la cama, tapada hasta la barbilla, el dedo aún algo dolorido y con muy poco sueño, comenzó a hacerse preguntas. Preguntas que quizás nunca se hubiese hecho si no hubiera recibido aquel singular regalo de sus padres o se hubiese pinchado el dedo aquella noche: ¿Por qué tenía pinchos? ¿Todos los cactus pinchaban? ¿Cuántos días podía estar sin recibir agua? ¿Cómo de grande podía hacerse? ¿De dónde era? Las preguntas se le acumulaban y desgraciada o afortunadamente no tenía respuesta para ninguna de ellas. Por poco tiempo. Antes de que le entrase el sueño y cerrase los ojos de agotamiento, se propuso encontrar las respuestas a todas y cada una de aquellas preguntas que parecían sin respuesta.
    Aquella noche tuvo extraños sueños que se repetían una y otra vez, comenzaban de nuevo cuando aún no habían terminado y terminaban sin haber empezado en ningún punto en particular. Eran algo angustiosos y muy confusos, aun así la pequeña no despertó en toda la noche.

    A la mañana siguiente se levantó la primera. Saltó de la cama al suelo, se puso la ropa olvidándose de quitar antes el pijama y salió al trote escaleras abajo con una zapatilla medio puesta y la otra en la mano. Allí seguía, sobre la mesa, justo en el mismo sitio donde lo había dejado la pasada noche. Tan solo verlo le alegró inexplicablemente. Sonrió complacida y se acercó a él. Hacía menos de 12 horas lo estaba ignorando, y ahora por alguna extraña razón que no entendía —ni pretendía entender—, era lo que más quería en el mundo. Quizás las cosas que generaban muchas preguntas eran al fin y al cabo las que le gustaban.
    Vio que la tierra de la pequeña maceta en la que estaba el cactus aún permanecía húmeda. La palpó con el dedo y la sintió.
    Cuando hubieron despertado sus padres les preguntó si aquella maceta en la que estaba la planta no era demasiado pequeña para ella. Estos, asombrados por el cambio tan inesperado de la niña en relación con la planta, le contestaron sin hacer ningún comentario al respecto. Una maceta un poco más grande era la solución. 
    Cogieron la planta y prepararon tierra en un macetero más grande. Se necesitaba hacer un trasplante. Al principio Susie se asustó, y tras escuchar el sencillo proceso creyó que al hacerlo le llegaría la muerte inminente al pobre cactus. Su padre le demostraría que no era así. De hecho, ella misma lo haría con su ayuda. Con mucho cuidado, y mano de padre sobre mano de hija fueron sacando poco a poco el cactus de aquella pequeña maceta. ¡Ahora Susie tenía el cactus en sus manos! Estaba sujetando aquella bolita llena de pinchos. ¡Y sin pincharse! Tan solo tenía que tener cuidado y no apretar más de la cuenta para no hacerse daño. Con mucho cuidado lo dejaron sobre la nueva maceta, cubriendo después su parte inferior con tierra fértil. Ahora en aquel espacio podría hacerse más grande. ¿Pero cuánto más grande?

    —Tan grande o mayor que una pelota de baloncesto —. Le contestó su padre una mañana de camino al colegio. Aquello era increíble. Tendrían que plantarlo en el jardín. ¡Y cuando no cupiese en el jardín tendrían que quitar la casa!
    Viendo sus padres el inesperado interés que mostraba su hija por la familia de las cactáceas en general, decidieron comprarle un libro, una enciclopedia para resolver todas sus dudas. Un peso les quitaría de encima, pues las preguntas que formulaba la pequeña comenzaban a ser cada vez más complicadas de responder, y más difícil de entender para una niña de su edad.
    La media hora de lectura después de comer no faltaba. Ese pequeño instante que pasaban juntos sentados en aquel cómodo sofá se hacía eterno, como si hubiesen ralentizado o detenido por completo el reloj del salón que tenían justo enfrente. Aquello le encantaba a Susie.

    Un buen día sus padres comenzaron a preocuparse: su hija comenzó a comportarse de forma extraña. Se despedía del cactus al marcharse de casa y lo saludaba a la vuelta, como si de una persona se tratase. Comenzó haciéndolo una mañana, y de nadie llamó especialmente la atención. Ese día sería el primero de muchos. Sus padres barajaron la posibilidad de que tuviese un ‘amigo invisible’, muchos niños lo tenían a cierta edad, pero no era el caso, ella se dirigía al cactus y le hablaba a él. Le hablaba en susurros, palabras tranquilizadoras y de protección. Lo acariciaba superficialmente sin llegar a pincharse y siempre andaba cerca de donde se encontraba. Sus padres, algo intranquilos decidieron no hacer nada. Pensaron que tan solo le había cogido un fuerte apego a la planta y que sería cuestión de tiempo que la niña se cansase de ella, no había de que preocuparse. Excepto si aquello duraba más tiempo. Y así fue.
    Transcurrió un mes y dos días, y allí seguía Susie, con su peculiar rutina. Continuaba hablándole al cactus, susurrándole palabras ininteligibles a oídos de sus padres, acariciándolo o sentándose a su lado y pasando horas junto a él. 
    Una tarde, sus padres cada vez más preocupados decidieron mantener una conversación con ella. La llamaron, esta estaba de espalda a ellos, mirando de frente al cactus, sentada sobre un taburete, parecía muy concentrada…

    —Susie —. Llamó melódicamente su madre.

    —¡Mamá! ¡Ahora a Pinchitos le fal…! —Exclamó la niña interrumpiéndose al escuchar que la voz de su madre seguía hablando tras ella.

    —Susie, cariño. Tu padre y yo queremos hablar contigo y no olvides que tenemos que salir en media hora. Vamos, ya nos contaras lo de Pinchitos en el coche.
    La pequeña asintió con la cabeza, susurró unas palabras al cactus y bajó del taburete. Lo arrimó a la mesa y fue tras sus padres.

    La puerta del cuarto de la pequeña se cerraría dejando la estancia completamente vacía y silenciosa. Cuando se abriese, sería por la misma persona que la cerró, y cuando se volviese a ocupar su espacio, sería por el mismo grupo que lo habían estado haciendo hacía tan solo uno minutos. Entrarían apresurados, tras la más pequeña de las personas, que gritaría de alegría instantes después. Las exclamaciones de asombro se manifestarían allí mismo, y quedarían bajo una temprana ola de escepticismo. 
    El cactus, que permanecía sobre la mesa, había cambiado, pero el cambio no era apreciable a simple vista, había que acercarse y saber observar. 
    De color verde oscuro, no mayor que una pelota de golf algo ovalada y cientos de pinchos, es lo que muchos verían a simple vista. Pero si el que mirase observara con detenimiento, pronto advertiría que aquel cactus había perdido una considerable cantidad de pinchos; de su importantísima y milenaria protección. Caídos sobre la tierra de la maceta permanecían para no ser nunca más parte de él. Quizás, porque ya no los necesitaba...

2 comentarios:

  1. Anónimo2/11/18

    En serio... piel de gallina con el final. Increíble relato. ¡BRAVO!

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    1. ¡Muchas gracias por el comentario!

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